Sebastián Bigorito ocupa desde hace años uno de esos puestos que obligan a llevar tres diccionarios invisibles en el bolsillo: el de las empresas, el de la política ambiental y el de las siglas internacionales. Como director ejecutivo del Consejo Empresario Argentino para el Desarrollo Sostenible —CEADS para los amigos y para cualquiera que quiera terminar una reunión antes del anochecer—, su tarea consiste en lograr que esos idiomas se entiendan.

De Ciencias Económicas al bosque de siglas

Bigorito es egresado de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires, según la reseña publicada por la Semana de la Sostenibilidad 2026. La formación resulta bastante apropiada para alguien que debe hablar de crecimiento, riesgos, inversiones y límites planetarios sin provocar que la mitad de la sala abrace un árbol y la otra mitad esconda la calculadora.

El registro público permite seguir su trabajo al frente del CEADS durante más de una década. En 2014 ya firmaba artículos sobre responsabilidad social y una visión de la Argentina hacia 2050. En los años siguientes apareció como coordinador de estudios, moderador de encuentros y vocero de una agenda que fue cambiando de nombre con entusiasmo renovable: responsabilidad social empresaria, sustentabilidad, ODS, criterios ESG y, últimamente, recalibración.

CEADS: traducir el planeta al idioma del directorio

El CEADS integra la red del World Business Council for Sustainable Development y reúne a alrededor de un centenar de compañías. En semejante mesa conviven industrias, servicios, energía, alimentos y finanzas. La dirección ejecutiva no equivale a ordenar a todas esas empresas que reciclen el vaso del café; implica construir herramientas comunes, comparar avances y conseguir que asuntos ambientales y sociales entren en la estrategia del negocio.

La página institucional del CEADS identifica a Bigorito como director ejecutivo. Su papel combina representación, producción de contenidos y articulación con autoridades, universidades y organizaciones internacionales. Es un oficio donde la palabra “materialidad” no describe una mesa resistente, “transición” no es solamente cambiar de sala y una “hoja de ruta” suele tener muchas diapositivas pero ningún peaje.

Cuando llegaron los ODS y hubo que acomodar diecisiete

En 2018, Bigorito moderó el encuentro “ODS en acción”, organizado por CEADS y EY Argentina. El registro oficial de la jornada muestra el intento de conectar a las empresas con la Agenda 2030. Un estudio presentado entonces había relevado 153 compañías: 60% publicaba reportes de sustentabilidad, 41% tenía metas con fecha y apenas 18% vinculaba parte de la compensación variable con algún objetivo.

Los números revelaban una dificultad que acompañó toda la agenda: declarar compromiso es rápido; fijar responsables, presupuesto, indicadores y plazos requiere algo más que una foto con fondo verde. Bigorito fue convirtiéndose en una voz dedicada a esa traducción. El humor involuntario lo aportan las propias organizaciones: pueden tardar cuarenta minutos en elegir el color de una lámina titulada “urgencia climática”, pero después deben medir emisiones durante años.

En 2020 participó de una reunión de articulación público-privada para implementar los ODS. La comunicación gubernamental lo ubicó junto con representantes del PNUD y del Consejo Nacional de Coordinación de Políticas Sociales. La escena resume buena parte de su carrera: sentar en la misma conversación al Estado, las Naciones Unidas y las empresas, cada uno con su calendario, sus formularios y una definición ligeramente diferente de “pronto”.

La sostenibilidad también aprendió a recalibrarse

En 2026, Bigorito comenzó a describir una etapa de “recalibración”. En una columna de Mirada Experta de CEADS vinculó el cambio con la fragmentación geopolítica, la presión competitiva y las oscilaciones regulatorias. El término es prudente: “retroceso” suena derrotista, “relanzamiento” exige globos y “recalibración” permite abrir la caja de herramientas sin admitir que sobraron tornillos.

Durante un encuentro de sustentabilidad recogido por LA NACION, sostuvo que la agenda se transformará, pero no desaparecerá. El planteo desplaza el foco desde el discurso hacia la competitividad, la gestión de riesgos y la ejecución. Después de años de promesas para 2030 o 2050, la pregunta incómoda dejó de ser cuál es la ambición y pasó a ser quién abre la planilla el lunes.

Una biografía pública sin fabricar anécdotas

Un perfil jovial puede observar el ecosistema de siglas que rodea a Bigorito, pero no necesita inventarle manías, mascotas sustentables ni desayunos con huella de carbono certificada. Las fuentes disponibles describen su formación universitaria, su función institucional, sus publicaciones y sus intervenciones públicas. No ofrecen detalles suficientes sobre infancia, familia o vida privada, y por eso esos capítulos permanecen fuera de esta historia.

Su trayectoria visible es la de un economista que hizo carrera en el punto donde la empresa se encuentra con los límites ambientales y las demandas sociales. El resultado tiene algo de equilibrista: si enfatiza solo el ambiente, pierde a parte del directorio; si habla únicamente de negocios, pierde el sentido del desarrollo sostenible. Bigorito lleva años sosteniendo esa balanza mientras cambian las siglas, los gobiernos y las diapositivas. El planeta, poco impresionado por el PowerPoint, sigue esperando los resultados.